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lunes, 4 de mayo de 2015

POEMA DÍA IV/V/2015:"Límites"; Juan Gelman

POEMA DÍA IV/V/2015:"Límites"; Juan Gelman 


Límites

¿Quién dijo alguna vez: hasta aquí la sed,
hasta aquí el agua?

¿Quién dijo alguna vez: hasta aquí el aire,
hasta aquí el fuego?

¿Quién dijo alguna vez: hasta aquí el amor,
hasta aquí el odio?

¿Quién dijo alguna vez: hasta aquí el hombre,
hasta aquí no?

Sólo la esperanza tiene las rodillas nítidas.
Sangran.

jueves, 30 de abril de 2015

POEMA DÍA XXX/IV/2015:"El manicomio"; Alda Merini

POEMA DÍA XXX/IV/2015:"El manicomio"; Alda Merini



EL MANICOMIO es una gran caja de resonancia
y el delirio se vuelve eco,
medida el anonimato,
el manicomio es el Monte Sinaí,
maldito, en el que recibes
las tablas de una ley
que los hombres no conocen.

BREVIARIO XII: "En la sierra"; Arturo Barea


EN LA SIERRA


Otto Dix



Esto fue en el primer otoño de la guerra.
El muchacho -veinte años- era teniente; el padre, soldado, por no abandonar al hijo. En la Sierra dieron al hijo un balazo, y el padre le cogió a hombros. Le dieron un balazo de muerte. El padre ya no podía correr y se sentó con su carga al lado.
-Me muero, padre, me muero.
El padre le miró tranquilamente la herida mientras el enemigo se acercaba. Sacó la pistola y le mató.
A la mañana siguiente, fue a la cabeza de una descubierta y recobró el cadáver del hijo abandonado en mitad de las peñas. Lo condujo a la posición. Le envolvieron en una bandera tricolor y le enterraron.
Asistió el padre al entierro. Tenía la cabeza descubierta mientras tapaban al hijo con la tierra aterronada, dura de hielo.
La cabeza era calva, brillante, con un cerquillo de pelos canos alrededor. Con la misma pistola hizo saltar la tapadera brillante de la calva.
Quedó el cerquillo de pelo gris rodeando un agujero horrible de sangre y de sesos.
Le enterraron al lado del hijo.
El frío de la Sierra hacía llorar a los hombres.

Valor y miedo (1938)

miércoles, 29 de abril de 2015

BREVIAIRO XI:"Un artista del hambre"; F.Kafka


Un artista del hambre

Adolph Gottlieb


Un día, un inspector reparó en la jaula y preguntó a los mozos por qué no aprovechaban aquella jaula tan buena en que únicamente había un podrido montón de paja. Nadie lo sabía hasta que por último, uno, al ver la tablilla del número de días se acordó del ayunador. Revolvieron con horcas la paja, y en medio de ella encontraron al ayunador.

- ¿Estás ayunando aún? - le inquirió el inspector -. ¿Cuando vas a terminar de una vez?

- Perdonadme todos -musitó el ayunador, pero solamente le entendió el inspector, que tenía el oído muy cerca de la reja.

- Por supuesto -contestó el inspector, poniéndose el índice en la sien, para indicar así al personal el estado mental del ayunador-, todos le disculpamos.


- Toda mi vida deseé que admirarais mi resistencia al hambre -dijo el artista del hambre.

- Y la admiramos -repúsole el inspector.

- Pero no tendrías por qué hacerlo - dijo el ayunador.

- Bien, de acuerdo, no lo admiraremos -repuso el inspector-; pero ¿por qué no hemos de hacerlo?

- Porque me es imprescindible ayunar, no puedo evitarlo -dijo el ayunador.

- Eso es evidente -dijo el inspector-, pero ¿por qué no puedes evitarlo?

- Porque -dijo el artista del hambre, alzando un tanto la cabeza y hablando en la misma oreja del inspector para que no dejaran de oírse sus palabras, con los labios alargados como si fuera a dar un beso-, porque nunca encontré comida que me agradara. De lo contrario, créeme, no habría hecho ningún cumplido y me habría hartado como tú y los demás.

POEMA DÍA XXIX/IV/2015 :"40";J.M.Fonollosa


POEMA DÍA XXIX/IV/2015 :"40";J.M.Fonollosa   



40

Subo las escaleras de mi casa
despacio, 
descontento, 
taciturno.
Tan sólo un pensamiento me conforta:

Las casas están llenas de frustrados.
De seres, 
como yo, 
sin aptitudes
para ser singulares en enjambres
pese a aspirar brillar su luz propia.

Y poco a poco fueron acogiéndose
a un amor,
 profesión, 
final destino que no era el que anhelaran. 
Y están solos.


Destrucción de la mañana. José María Fonollosa. Editorial DVD. Primera edición: octubre de 2001. Segunda edición: marzo de 2005

martes, 28 de abril de 2015

POEMA DÍA XXVIII/IV/2015:"Huida de loba";Alda Merini


POEMA DÍA XXVIII/IV/2015:"Huida de loba";Alda Merini 




HUIDA DE LOBA 

A quien me pregunta cuántos amores he tenido le respondo que mire en los bosques para ver en cuántas trampas ha quedado mi pelo

BREVIARIO X: "El eclipse"; A.Monterroso

El eclipse

Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.
Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.
Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.
Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.
-Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.
Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.
Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.